Afasia
Un ensayo sobre mi miedo a perder las palabras.
El miedo a olvidar las palabras es mi miedo más específico y total. Muchas veces he soñado que las tengo clarísimas en la mente, pero no salen: quedan mudas, quietas. Ese es mi miedo: más que el temor a quedarme encerrada o a cruzarme con serpientes. Hay miedos infinitos, pero el mío es claro y lo sueño a cada rato: quedarme sin palabras. La pesadilla se repite y aprendí a soñarla después de aprender a hablar. Me he preguntado de dónde viene, porque todos los miedos empiezan en la infancia. Algunos nos encuentran y nos van soltando a medida que crecemos, pero otros se plantan, se instalan, se quedan para siempre. Tal vez este miedo a perder el habla empezó en la casa de mi abuela, cuando era niña y visitaba a mi abuelo vegetal que no pudo hablar por dieciséis años desde que sufrió un derrame cerebral; o cuando conocí a una prima de mi abuela que era sordomuda. Desde ahí el terror de niña que se volvió terror de adulta.
Tenía más o menos cinco o seis años cuando empecé a hacerme preguntas sobre mi abuelo del tipo por qué siempre está callado, cuándo va a hablar, por qué mi mamá insiste en saludarlo y contarle cómo me fue en el colegio si él no me puede responder. Mi mamá nos ha dicho que alguna vez mi hermana o yo le preguntamos si mi abuelo era un bebé, porque lo veíamos sentado recibiendo inmóvil cucharas de comida que mi abuela le daba en avioncito, porque le cambiaban los pañales y lo vestían, y porque no producía ninguna palabra. Ni mamá, ni agua, ni hola. Nosotras, que éramos unas niñas, teníamos más palabras que mi abuelo. En su cuerpo tieso y sentado en una silla reclinomática las palabras se quedaban atrapadas, y solo nos quedaba mirarlo a los ojos para adivinar dónde se le habían quedado y cuáles quería decir.
Nosotras, que éramos unas niñas, teníamos más palabras que mi abuelo.
Escuchamos nuestra voz incluso si estamos callados. Quizá, sobre todo, cuando estamos callados. Está ahí disponible, clara, elocuente. Cuando leemos, es esta, nuestra voz, la que resuena, aunque lo hagamos en silencio. Hablamos con nosotros antes de hablar con otros, y las palabras tienen eco antes de ser pronunciadas. Me pregunto, y lo hago desde niña, si mi abuelo se escuchaba a sí mismo cuando pensaba, o si entonces en su cabeza había negrura y vacío de ideas, imágenes o recuerdos. Lo que me aterra desde niña no es el silencio exterior, sino el interior: perder las palabras es perder también el hilo del pensamiento, y cuánta soledad puede haber en un lugar sin ese hilo.
Mi prima sordomuda, hija de una hermana de mi abuela, no es del todo muda. La palabra sordomuda es chocante, fea, caricaturesca, pero acudo a ella porque es más justa comparada con otras. Mi prima emite sonidos que se quedan a medio camino en su intento de hacerlas palabras. Cuando me ofrece una porción de torta no dice exactamente las palabras quieres, pedazo o torta. Sin embargo, salen conjuntos de vocales, ruidos que yo entiendo y ruidos que a ella la acompañan porque los tiene a la mano. Yo imagino que en su adentro hay palabras bien formadas y completas. Pero no veo posible que su mente esté tan callada como ella, que me ofrece torta y yo le quiero ofrecer algo de mi habla. Ella, mi prima, nació así. Mi abuelo no. Él enmudeció hacia adentro habiendo sido antes, según el mito familiar, el hombre más amiguero, conversador, echa cuentos, negociante y fiestero. Tuvo todas las palabras, las cantó, las gritó, las celebró, y el derrame se las robó. Así como a mí me robó la oportunidad de conocer su voz.
Tuvo todas las palabras, las cantó, las gritó, las celebró, y el derrame se las robó.
La afasia es el nombre de ese robo. Puede ocurrir que te robe las palabras habladas, o pueden desaparecer solo las escritas, o ambas. Lo más terrible, más incluso que el miedo a no ser comprendido, es el miedo a saber exactamente qué decir pero no poder hacerlo. Oraciones cortas, palabras irreconocibles, pausas largas buscando algo que se escapa. Una mente que tartamudea hacia adentro.
Mi miedo a la afasia es, en el fondo, mi miedo a no pensar, o lo que es lo mismo, a no hablar conmigo. Porque el lenguaje no solo nos sirve para comunicarnos con otros, sino para reconocernos en lo que recordamos, en lo que imaginamos y en lo que somos. Temo el olvido del lenguaje porque este nos compone, nos ubica en el mundo y nos permite pensarlo y recordarlo, como esto que ahora hago mientras pienso en mi abuelo y mi prima. Esto que tengo y que vive dentro de mí y me permite reconocer que mi miedo más antiguo fue el miedo al lobo feroz de Caperucita Roja, pero que mi miedo más total es el de quedarme sin palabras.
Hablar es pensar. Y pensar es lo único que nos separa de ese silencio que no es paz, sino caos solitario.




